Un 21 de marzo en Chichen Itzá

Pocos lugares en el mundo causan tanto asombro como la Riviera Maya, en México: una área litoral de 120 kilómetros de longitud que se extiende frente a las aguas increíblemente turquesas del Caribe mexicano y que conjuga una serie de características que difícilmente se encuentran reunidas en otro rincón del planeta: hermosas playas de arena fina y blanca, aguas cristalinas (encierran la segunda barrera de arrecifes de coral más grande del mundo), un sistema de ríos subterráneos y cenotes con un ecosistema único, una exuberante selva tropical, la ama­bilidad y hospitalidad de sus gentes y, sobre todo, los vestigios de una prestigiosa cultura ancestral.

Y cada 21 de marzo, el día que empieza oficialmente la primavera en el hemisferio norte (y el otoño en el sur), una multitud se congrega en torno a la más importante de las ruinas mayas de la Península de Yucatán en México: El castillo de Chichen Itzá. Y es que durante el equinoccio de primavera se produce “el descenso” del dios Kukulkán o serpiente emplumada por las escalinatas de la gran pirámide. Sucede durante unas horas, cuando el día tiene prácticamente la misma duración que la noche en todos los lugares del mundo. Este suceso que puede apreciarse en Chichén Itzá parece no ser casual y es que se ha apuntado en muchas ocasiones que la pirámide actúa como un inmenso calendario maya de 24 metros. No en vano, la escalinata que conduce al templo Kukulcán, en la parte superior de la pirámide, cuenta con 365 escalones, uno por cada día del año.

Porque el que hoy en día es uno de los principales destinos turísticos del Caribe para los antiguos mayas fue un centro religioso y comercial. Es mayoritariamente en esta península, donde se encuentran las principales -y mejor conservadas- construcciones mayas de México. Así, al tiempo que descansan del sol, los turistas se pueden acercar a visitar antiguas ciudades como Uxmal, Koba, Tulum o, la más famosa -recibe a una media de 10.000 visitantes al día-, esta de Chichen Itzá.

Es en estos lugares donde los guías expli­can cómo vivían los habitantes de una de las civilizaciones más enigmáticas de la his­toria, y donde van detallando el profundo conocimiento en astronomía, matemáticas y arquitectura que poseían los antiguos mayas. Todo ello envuelto en un halo de misterio que encandila, precisamente por ser algo desconocido para la mayoría de la sociedad. Me imagino un 21 de marzo, (…y con el calor que normalmente hace en esa explanada) al guía mexicano acuciando: «Épale, señores, apúrense… para ver a la serpiente!». Y la réplica de algún turista gallego que ronde por allí: «Malo será que non baixe…».

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